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LA CENTENARIA PROCESIÓN DEL MILAGRO

El 13 de setiembre de 1692, entre las diez y once de la mañana, potente sismo redujo a polvo a la ciudad de Esteco, y repercutió vigorosamente en la de Salta. Luego de dos días de réplicas, el día 15 de septiembre, la imagen de la Limpia y Pura Concepción honrada en el altar de la iglesia Matriz, que decía: “no cesarán los terremotos hasta que no saquéis por las calles ese Cristo que tenéis allí olvidado”.

by Javier Daniel Mamani
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Era el Año del Señor de 1692, cuando en fecha reciente, había fallecido el octavo obispo del Tucumán, el doctor Don Juan Bravo Dávila y Cartagena, amoroso pastor de efímera, pero eficiente labor eclesial. Ante la vacancia de la sede obispal, fue elegido Vicario Capitular Don Bartolomé Dávalos, arcediano de la iglesia de Santiago del Estero, asiento de la autoridad religiosa en los primeros siglos de la ocupación hispana en estas tierras del Tucumán.

El 13 de setiembre de aquel nefasto año, entre las diez y once de la mañana, el sismo que sacudió y redujo a polvo a la ciudad de Esteco, repercutió vigorosamente en la de Salta, con intermitencias por tiempo de más de cuarto de hora. Su población huyó poseída del vértigo del horror, la mayor parte ganó la plaza, otros el campo de la Tablada, extendido al norte de la ciudad. El padre jesuita José Carrión, portando un santo Cristo en la mano, exhortaba a los fieles a penitencia pidiendo misericordia a la Majestad Divina. En la plaza todo era confusión, gritos y llantos, gente haciendo acto de contrición y pidiendo piedad. Como se repitiesen los temblores, se decidió tener al Señor de manifiesto en todas las iglesias y después sacarlo en procesión de la Matriz rodeando la plaza.

A la tarde se dio una nueva sacudida, momento en que los religiosos de la Merced iniciaban procesión con un Jesús crucificado y la Virgen redentora de cautivos. Una muchedumbre, descalza de pies, cubierta de cenizas, con losas al cuello, y con ellas atadas las manos, abofetearon sus rostros, y rezando algunos versos de los salmos, vertieron raudales de lágrimas y clamaron: ¡Penitencia, misericordia, Señor!, implorantes en una tierra que no cesaba con sus movimientos y que   parecía dispuesta a tragarse a todos. Los temblores se repitieron. Las confesiones fueron muchas, en la Matriz, San Francisco y la Merced en sus patios y campo santos. Los curas no daban abasto ante tanta ansia por perdón a los pecados. Y es que, en la comarca la furia sísmica no se detenía, en la noche del 13, hubo cuatro temblores. Nadie durmió bajo techo, la gente había anochecido y amanecido al raso.

El domingo 14 se celebró misa de campaña, siguieron a trechos las sacudidas, parecía que las fauces de la tierra se devorarían a los aterrados pobladores. A la noche se rezó el Rosario y se cantó el Miserere frente a la Compañía de Jesús (actualmente calles Mitre y Caseros). Los zarandeos terrestres llegaron a diez aquel día. El fenómeno recrudeció el 15, sin que amainara el pavor de sus habitantes. A la mañana hubo procesión de San Bernardo y de Santa Rosa. En la tarde, a la una, tres sacudones se sucedieron a corto plazo. Acabó la jornada con un fervoroso Vía Crucis de los frailes seráficos. Y, más corcoveos del suelo.  Entre tanto se inició el solemne novenario con renovada devoción. El terror cundía, haciendo presa de bípedos, cuadrúpedos y volátiles. Un infernal aquelarre agitaba a la muy leal y noble ciudad. Todo era confusión entre racionales e irracionales. En Salta, todo verdaderamente saltaba, recordando la profecía que: “Salta, saltará y Esteco perecerá”.

La solución provino de la imagen de la Limpia y Pura Concepción honrada en el altar de la iglesia Matriz, y que llamó la atención del jesuita que observó el cambio del color de sus mejillas. Absorto en esta contemplación, escuchó una voz que decía: “no cesarán los terremotos hasta que no saquéis por las calles ese Cristo que tenéis allí olvidado”. La Madre Purísima se refería a un Cristo que había enviado el primer obispo, Francisco de Vitoria y que llegó a El Callao en 1592 y al que nunca se le tributaron cultos.

El tonsurado ante tamaña revelación, echó a correr a la plaza y refirió a la audiencia el prodigio. Todos los circunstantes corrieron veloces a la Matriz, penetraron en tropel y con bulla, y en un abrir y cerrar de ojos abrieron el cajón español, levantaron la efigie de Cristo sostenida en su cruz y salieron presurosos los afligidos vecinos con sus corazones palpitantes y con la imagen ignorada por largo tiempo en andas, a recorrer las calles, con el Señor que ya se consagraba como del “Milagro”, cesando la tierra su devastadora porfía.

En esta desesperante jornada para una pequeña ciudad que presenció aterrada como se cimbraban las torres de la ciudad, enloquecidas sus campanas, y en ruinas sus edificios sacros y cívicos, es que quedó establecida la ceremonia tradicional, la clásica procesión, la más grande, la más célebre entre todas las procesiones habidas y por haber, en que se concentra el mayor número de habitantes devotos, hasta la actualidad. Este rito es el único que hace converger hacia el templo mayor de Salta a una muchedumbre cada vez más numerosa.

Prof: Maria Ines Romero, Arzobispado de Salta

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