El 14 de septiembre de 1771, durante el período colonial, Bruno Ramírez fue designado como el primer cartero de Buenos Aires. La figura del trabajador encargado de distribuir correspondencia ya existía en España y comenzó a incorporarse también en los territorios americanos.
La tarea era sencilla de definir pero mucho más difícil de realizar. Había que trasladar cartas y documentos entre distintos puntos de una ciudad en la que las distancias, los caminos y los medios de transporte hacían que una comunicación pudiera tardar días o semanas en llegar a destino.
Durante los siglos siguientes, el correo se convirtió en una parte de la infraestructura del Estado. La organización del servicio fue modificándose a medida que crecían las ciudades y aumentaban los intercambios. En 1858 se incorporaron las estampillas y se reglamentaron el servicio de carteros, las tasas postales y el uso de buzones.
El oficio también quedó ligado a distintos momentos de la historia argentina. Domingo French, antes de convertirse en una figura vinculada a la Revolución de Mayo y a las Invasiones Inglesas, había trabajado como cartero.
La expansión del teléfono, el correo electrónico y, más tarde, las aplicaciones de mensajería redujeron drásticamente la necesidad de utilizar una carta para comunicarse. Lo que durante siglos dependió de un cartero pasó a viajar en segundos de una pantalla a otra.
Pero el correo no desapareció. Cambió el tipo de cosas que transporta. La correspondencia personal dejó de ocupar el centro de la actividad y crecieron otras tareas vinculadas con documentos, notificaciones, compras y paquetes. La transformación de los hábitos de consumo convirtió a la distribución de mercadería en una parte importante de la actividad postal.