El Rosario es inobjetablemente una oración mariana -ayuda certera para crecer en amor a la Mujer por quien vino la salvación-. Sin embargo, no siempre reparamos en que es, antes que nada, una oración “cristocéntrica”; es decir, una oración centrada en Cristo.
La enunciación de los misterios y las Avemarías que se suceden unas a otras nos ayudan a contemplar y meditar la vida de Nuestro Salvador, Jesucristo; y a hacerlo en compañía de María, su Madre, siempre cercana a su Hijo. Ella, entonces, nos enseña a contemplar los misterios de Jesús a través de su mirada maternal, porque todo en Maria es una invitación a amar a su Hijo.
Podemos decir, en consecuencia, que el Rosario es la “escuela de oración” de la Virgen. En otras palabras, al lado de María aprendemos a escuchar la voz de Jesús con toda reverencia.
En la historia
En el año 1208 la Virgen María se le apareció a Santo Domingo de Guzmán, fundador de los dominicos, y le entregó en las manos un Rosario, muy probablemente con la forma en que hoy lo conocemos. Luego, la Madre de Dios le enseñó al santo español la manera cómo habría que rezarlo. El Rosario era la “respuesta” de la Virgen a los ruegos de Santo Domingo, quien le pedía ayuda para que la herejía albigense (otra versión del catarismo o religión de los puros) fuese derrotada.
Antes de retirarse, Nuestra Madre le encomendó a Santo Domingo que difundiera la oración. Así lo hizo el santo, y el Rosario, en los siglos posteriores, fue calando cada vez más hondo en el alma de los católicos y extendiéndose como práctica universal.
En Lepanto
Uno de los episodios determinantes que contribuyen al arraigo histórico de esta advocación mariana y para la difusión del Santo Rosario en la historia de la Iglesia fue lo ocurrido en la “Batalla de Lepanto”, ocurrida el 7 de octubre de 1571 en el golfo de Patras, frente Naupacto, ciudad griega en ese entonces conocida como Lepanto. En dicha batalla, una coalición de tropas y fuerzas navales cristianas debían enfrentarse a la armada del imperio Otomano, de raigambre islámica, con el propósito de detener sus ambiciones expansionistas en Occidente (Europa) y recuperar la soberanía sobre el Mediterráneo (guerras habsburgo-otomanas o austro-turcas, conocidas también como las guerras del turco, en las que interviene también el reino de Venecia).
Antes de la batalla, las milicias cristianas se encomendaron a la Virgen María y rezaron juntos el Rosario. Ese día los cristianos obtuvieron un triunfo contundente que fue atribuido a la intercesión de la Madre de Dios, protectora de la cristiandad, de ahí el extraordinario simbolismo de Lepanto.
La celebración
Enterado del triunfo, el Papa San Pío V (p. 1566-1572), quien había sido dominico, en agradecimiento a la Virgen María, instituyó la fiesta de la “Virgen de las Victorias” a celebrarse el primer domingo de octubre. Además, incorporó el título de “Auxilio de los Cristianos” en las letanías dedicadas a la Virgen María, como un homenaje a la Señora que armó de valor a los defensores de la cristiandad.
Años más adelante, el Papa Gregorio XIII (p. 1572-1585) cambió el nombre de la fiesta por el de “Nuestra Señora del Rosario”; y el Papa Clemente XI (p. 1700-1721) extendió la celebración a toda la Iglesia de Occidente. A inicios del Siglo XX, San Pío X (p. 1903-1914) fijó definitivamente el 7 de octubre como el día oficial para esta fiesta e inmortalizó estas palabras que intentan recoger el espíritu de esta devoción: “Denme un ejército que rece el Rosario y este vencerá al mundo”.