La ciudad del altiplano, sede del gobierno a 3.600 metros de altitud, es desde inicios de mayo el corazón de las protestas que exigen la salida del presidente centroderechista Rodrigo Paz.
En medio de la peor crisis económica del país en cuatro décadas, las medidas de presión impulsadas por campesinos, obreros, mineros y otros trabajadores mantienen desabastecidos los mercados y gasolineras mientras escasean los medicamentos en los hospitales.
“No tenemos prácticamente nada: no se encuentra ni un huevo, en ningún lado”, dijo a la AFP este martes Sheyla Caya, ama de casa de 43 años. “Acá entre hermanos nos peleamos por un pollo”, agregó.
Una larga fila se arma frente a la tienda avícola en una popular zona comercial de La Paz. Muchos gritan para impedir que alguien tome un lugar que no le corresponde. Solo un pollo por persona, advierten desde la tienda.
“Hay que ver si vamos a alcanzar” a comprar, dice Hellen Condori, una comerciante de 32 años, mientras carga a su bebé. Una encargada apunta en su brazo el número de su turno: 132.
Aún no hay una salida al conflicto. Los puntos de bloqueo en las carreteras se intensificaron este martes: 44 reportados por la estatal Administradora Boliviana de Carreteras, 12 más que el día anterior.
Destrozos
En una escalada del conflicto, el lunes en el centro de La Paz, los manifestantes se enfrentaron con piedras, palos y explosivos a la policía, que respondió con densas humaredas de gas lacrimógeno.
La jornada terminó con más de 120 detenidos, según la civil Asamblea Permanente de Derechos Humanos, oficinas públicas saqueadas, estaciones de teleférico con daños y un vehículo policial prendido en llamas.
“No pueden arreglarse las cosas de esa manera. Aparte del reclamo que tiene la gente, que es justo en muchos puntos, hay también delincuencia”, opina Fernando Carvajal, trabajador bancario de 67 años.
Los reclamos de los manifestantes se radicalizaron con el pasar de los días. De pedir aumentos salariales, abastecimiento de combustibles, estabilización de la economía, entre otros, y pasaron a exigir la renuncia de Paz, con apenas seis meses en el poder.
En el principal mercado de La Paz, Jaime Quiroga, jubilado de 75 años, camina frente a decenas de puestos callejeros cerrados, ahora cubiertos por telas y plásticos, en busca de vegetales.
“No tienen que vender porque los camiones están tirados ahí en las carreteras”, dice. “Vine a ver si hay algo, pero no hay nada, absolutamente nada”, lamenta.