El 14 de octubre de 1941 marcó un punto de inflexión para los trabajadores del sector textil argentino. Ese día nació la Federación Obrera Nacional de la Industria del Vestido y Afines (FONIVA), en medio de una Argentina convulsionada por tensiones políticas, divisiones sindicales y una crisis social que afectaba a todos los sectores.
En aquellos años, los obreros del vestido, en su mayoría sastres, costureras y trabajadores a domicilio, comenzaron a organizarse para reclamar mejores condiciones laborales. La fragmentación del sindicalismo llevó a la creación del Sindicato de Obreros Sastres (S.O.S.), liderado por Ramón Méndez, que instaló su primera sede en una pequeña sala ubicada en el primer piso de la calle Maipú 273 de la Ciudad de Buenos Aires. Ese modesto espacio, conocido como “el salón de la calle Maipú”, se convirtió en el punto de partida de la organización sindical, que más tarde daría origen al actual Sindicato Obrero de la Industria del Vestido y Afines (S.O.I.V.A.).
Con Perón al poder
Con el golpe militar del 4 de junio de 1943 y la posterior irrupción de Juan Domingo Perón y Eva Perón en la escena política, el sindicalismo obtuvo un lugar central como actor social y político. El gremio del vestido acompañó ese proceso y, con el crecimiento de la actividad industrial, amplió su estructura para transformarse en la Sindicato de Obreros Sastres, Costureras y Afines (S.O.S.C.A.). Así se fortaleció una organización que, con esfuerzo colectivo y apoyo de sus afiliados, logró representar a un sector clave de la industria nacional.
En 1949, fruto del mismo esfuerzo colectivo de sus afiliados, la organización alcanzó un nuevo hito: la inauguración de su sede propia en Tucumán 737/39, conocida como “La casa de los obreros del vestido”.
El precio oculto de la moda rápida
Ocho décadas después, la conmemoración del Día del Trabajador del Vestido trasciende las fronteras nacionales. En el mundo, más de 60 millones de personas trabajan en la industria textil, pero menos del 2% percibe un salario digno. La mayoría son mujeres jóvenes, muchas de ellas madres solteras, que enfrentan jornadas extenuantes, sueldos mínimos y acoso laboral o sexual.
El caso más emblemático de esta explotación fue el derrumbe del edificio Rana Plaza en Bangladesh, en 2013, donde murieron 1.134 trabajadores. La tragedia expuso las condiciones inhumanas de las fábricas que abastecen a las principales marcas internacionales de moda rápida, un modelo basado en la velocidad y la maximización de ganancias a costa del bienestar de quienes confeccionan las prendas.
Durante la pandemia de COVID-19, el problema se agravó. Las marcas cancelaron 40 mil millones de dólares en pedidos ya completados, dejando a millones de obreros sin empleo ni salario. Un estudio de la Universidad de Sheffield reveló que los ingresos de los trabajadores textiles cayeron un 11%, sumiendo a muchas familias en la pobreza extrema.
En países como Bangladesh, India, Vietnam o Indonesia, el bajo costo de la producción se sostiene sobre un sistema de coerción, abuso y desprotección legal. En 2023, la represión a las protestas por mejores salarios en Bangladesh dejó cuatro muertos y más de cien detenidos, pese a un aumento que apenas elevó el sueldo mínimo a 113 dólares mensuales, muy por debajo del nivel de subsistencia estimado en 302 dólares.