Durante años, el reconocimiento estatal quedó atado a una delimitación geográfica: el llamado “teatro de operaciones”. Pero ese límite, pocas veces cuestionado, tiene un origen que merece ser revisado. No fue establecido por la Argentina ni por la Organización de las Naciones Unidas, sino por el Reino Unido, en el marco del conflicto. Es decir, el alcance del reconocimiento argentino terminó condicionado por un criterio fijado por la propia fuerza adversaria.
¿Puede un país construir su memoria sobre una definición impuesta por quien estuvo del otro lado de la guerra?
La respuesta, al menos desde una perspectiva histórica y moral, debería ser no.
La guerra no se reduce a un mapa. Tampoco a una línea en el mar. La guerra es un sistema complejo donde intervienen combatientes, pero también logística, inteligencia, comunicaciones y sanidad. Negar esa realidad es simplificar el conflicto hasta hacerlo irreconocible.
En esta línea, resulta pertinente recuperar la mirada del Martín Balza, quien ha señalado que los hechos bélicos no siempre se ajustan a delimitaciones formales. El hundimiento del ARA General Belgrano lo demuestra con claridad: ocurrió fuera del área definida como teatro de operaciones y, sin embargo, constituye uno de los episodios más contundentes de la guerra. Nadie podría sostener seriamente que aquello no fue un acto bélico pleno, para nosotros un “crimen de guerra”.
Si ese criterio se acepta para analizar los hechos, ¿por qué no aplicarlo también al momento de reconocer a las personas?
En el continente, ciudades como Comodoro Rivadavia, Río Grande y Bahía Blanca fueron piezas clave del engranaje militar. Desde allí se organizaron operaciones, se movilizaron recursos y se sostuvo la estructura que permitió la presencia argentina en las islas. Miles de jóvenes conscriptos vivieron en estado de alerta permanente, integrando un dispositivo que, aunque no siempre visible, era parte del mismo conflicto.
No estuvieron en las trincheras de Malvinas. Pero tampoco estuvieron al margen de la guerra.
El problema es que el reconocimiento oficial ha sido selectivo y en algunos casos, contradictorio. Existen integrantes de fuerzas como la Prefectura Naval Argentina o la Gendarmería Nacional Argentina que han sido considerados ex combatientes por su presencia en zonas determinadas, aun sin haber participado directamente en enfrentamientos. Mientras tanto, otros que cumplieron funciones esenciales en el continente siguen siendo excluidos.
La inconsistencia es evidente.
Pero hay algo aún más profundo: la forma en que entendemos qué significa “combatir”.
Combatir no es únicamente disparar un arma. También es sostener una línea logística, transmitir información estratégica o atender a los heridos que llegan desde el frente. También es, incluso, intervenir en el plano psicológico del enemigo.
Durante el conflicto, la periodista Silvia Fernández Barrio participó en emisiones de una radio clandestina conocida como “Radio Liberty”, destinada a la guerra psicológica. No se trataba de una emisora convencional: transmitía en onda corta, cambiando frecuencias de manera constante para evitar ser detectada, y estaba dirigida específicamente a las tropas británicas. Su objetivo era claro: influir en el ánimo del enemigo, generar incertidumbre, apelar a la emoción y, en definitiva, debilitar su moral.
¿Puede sostenerse que ese rol estuvo fuera del conflicto?
Si la guerra también se libra en el terreno de la mente, entonces quienes participaron en esa dimensión fueron, sin dudas, parte activa del enfrentamiento.
testimonio de mi tía Carmen, enfermera en Comodoro Rivadavia, lo refleja con una fuerza difícil de describir. Durante el conflicto, al advertir la llegada constante de soldados heridos, decidió ofrecerse para ayudar en un hospital militar. Lo que vio y lo que hizo forma parte de esa dimensión menos visible del combate: la que no aparece en los partes oficiales, pero que define la humanidad en medio del horror.
¿Puede alguien sostener que esa experiencia estuvo fuera de la guerra?
A esa mirada se suma una vivencia personal que, lejos de ser anecdótica, refuerza la magnitud del problema. A comienzos de 1983, ya finalizado el conflicto, me tocó estar internado en el Hospital Militar de Campo de Mayo, que aún funcionaba, en los hechos, como un hospital de guerra. Allí convivían muchos ex combatientes que continuaban en tratamiento, algunos con secuelas físicas evidentes y otros con heridas menos visibles, pero no por eso menos profundas.
Desde el área de traumatología, donde me encontraba, pude percibir de cerca el estado en que muchos de ellos se encontraban: hombres jóvenes que, aun habiendo pasado más de un año desde el conflicto, seguían internados, atravesados por el dolor, la recuperación y, en muchos casos, por una angustia persistente. Hombres rotos.
Pero quizás lo más impactante era lo que ocurría en otras áreas, como la de salud mental. Allí, las secuelas de la guerra se manifestaban con toda su crudeza. No eran heridas que cicatrizaran con el tiempo, sino marcas profundas que seguían presentes, silenciosas pero determinantes.
Incluso circulaban versiones difíciles de comprobar, pero imposibles de ignorar de que algunos soldados nunca habían querido abandonar ese hospital en los próximos treinta y cinco años. Como si ese espacio, atravesado por la guerra, fuera el único lugar donde todavía podían sentirse comprendidos.
Esa escena, vivida en primera persona, plantea una pregunta inevitable:
¿dónde termina realmente la guerra?
Porque si sus efectos perduran en el tiempo, en los cuerpos y en la mente de quienes participaron, entonces el concepto de “teatro de operaciones” queda definitivamente desbordado.
El punto, entonces, no es quitarle valor a quienes combatieron en las islas. Su lugar en la historia es indiscutible. El punto es reconocer que la guerra fue más amplia, más compleja y más abarcativa de lo que una delimitación formal permite ver.
La Argentina tiene una deuda pendiente con aquellos que, desde el continente, formaron parte de ese esfuerzo. No se trata de igualar experiencias, sino de reconocer trayectorias que hasta hoy permanecen en un limbo injusto.
Porque toda guerra tiene un frente visible y otro invisible.
Y ambos, aunque no siempre se los reconozca de la misma manera, forman parte del mismo sacrificio.
Marcelo Segura, rector IES Abuelas de Plaza de Mayo.